Pensar desde un punto de vista que no es el tuyo...
Comportamiento social y no hablar sobre temas controversiales para tener amigos
ser hipocrita, el aceite necesario para las relaciones humanas.
ser politico
cuales son los temas controversiales
manifestar tus convicciones o creacciones
El pensamiento cientifico y el pensamiento dogmatico
Coincidencias entre la ciencia.
la maquina biologica
la inteligencia artificial como experimento para simular nuestra creación.
Ser escéptico acerca de la evolución y también ser escéptico de todos los libros sagrados de todas las religiones al mismo tiempo
Pero... si a de ser horrible haber estudiado en una universidad religiosa.
Que es ciencia y que no es ciencia.
https://www.youtube.com/watch?v=d7dd6IPWGow
http://www.batanga.com/curiosidades/56806/distribucion-geografica-de-las-principales-3-religiones-del-mundo
Uno o lo otro.... y si las dos cosas al mismo tiempo?
martes, 26 de enero de 2016
viernes, 22 de enero de 2016
Resumen: Inteligencia emocional de Daniel Goleman
Al exito con la Inteligencia Social y Emocional de Daniel Goleman.
Es un concepto tan exitoso que Incluso la UNESCO puso en marcha una
iniciativa mundial en 2002, y remitió a los secretarios de educación de los países una declaración con los 10 principios básicos para poner en marcha los programas de aprendizaje social y emocional.
El mundo empresarial tambien entro a la tendecia aplicando la inteligencia emocional a la productividad laboral de las personas...
, el éxito de las empresas, los requerimientos del liderazgo y hasta la prevención de los desastres corporativos. la Harvard Business Review ha llegado a calificar a la inteligencia emocional como un concepto revolucionario, una noción arrolladora, una de las ideas más influyentes de la década en el mundo empresarial. Revelando de forma esclarecedora el valor subestimado de la misma, la directora de investigación de un head hunter ha puesto de relieve que los CEO son contratados por su capacidad intelectual y su experiencia comercial y despedidos por su falta de inteligencia emocional.
, el éxito de las empresas, los requerimientos del liderazgo y hasta la prevención de los desastres corporativos. la Harvard Business Review ha llegado a calificar a la inteligencia emocional como un concepto revolucionario, una noción arrolladora, una de las ideas más influyentes de la década en el mundo empresarial. Revelando de forma esclarecedora el valor subestimado de la misma, la directora de investigación de un head hunter ha puesto de relieve que los CEO son contratados por su capacidad intelectual y su experiencia comercial y despedidos por su falta de inteligencia emocional.
Sorprendido ante el efecto devastador de los arrebatos
emocionales y consciente, al mismo tiempo, de que los tests de
coeficiente intelectual no arrojaban excesiva luz sobre el desempeño de
una persona en sus actividades académicas, profesionales o personales,
Daniel Goleman ha intentado desentrañar qué factores determinan las
marcadas diferencias que existen, por ejemplo, entre un trabajador
“estrella” y cualquier otro ubicado en un punto medio, o entre un
psicópata asocial y un líder carismático.
Su tesis defiende que, con mucha frecuencia, la diferencia
radica en ese conjunto de habilidades que ha llamado “inteligencia
emocional”, entre las que destacan el autocontrol, el entusiasmo, la
empatía, la perseverancia y la capacidad para motivarse a uno mismo. Si
bien una parte de estas habilidades pueden venir configuradas en nuestro
equipaje genético, y otras tantas se moldean durante los primeros años
de vida, la evidencia respaldada por abundantes investigaciones
demuestra que las habilidades emocionales son susceptibles de aprenderse
y perfeccionarse a lo largo de la vida, si para ello se utilizan los
métodos adecuados.
Las emociones en el cerebro
El
diseño biológico que rige nuestro espectro emocional no lleva cinco ni
cincuenta generaciones evolucionando; se trata de un sistema que está
presente en nosotros desde hace más de cincuenta mil generaciones y que
ha contribuido, con demostrado éxito, a nuestra supervivencia como
especie. Por ello, no hay que sorprenderse si en muchas ocasiones,
frente a los complejos retos que nos presenta el mundo contemporáneo,
respondamos instintivamente con recursos emocionales adaptados a las
necesidades del Pleistoceno.
En esencia, toda emoción constituye un impulso que nos
moviliza a la acción. La propia raíz etimológica de la palabra da cuenta
de ello, pues el latín movere significa moverse y el prefijo e
denota un objetivo. La emoción, entonces, desde el plano semántico,
significa “movimiento hacia”, y basta con observar a los animales o a
los niños pequeños para encontrar la forma en que las emociones los
dirigen hacia una acción determinada, que puede ser huir, chillar o
recogerse sobre sí mismos. Cada uno de nosotros viene equipado con unos
programas de reacción automática o una serie de predisposiciones
biológicas a la acción. Sin embargo, nuestras experiencias vitales y el
medio en el cual nos haya tocado vivir irán moldeando con los años ese
equipaje genético para definir nuestras respuestas y manifestaciones
ante los estímulos emocionales que encontramos.
Un par de décadas atrás, la ciencia psicológica sabía muy
poco, si es que algo sabía, sobre los mecanismos de la emoción. Pero
recientemente, y con ayuda de nuevos medios tecnológicos, se ha ido
esclareciendo por vez primera el misterioso y oscuro panorama de aquello
que sucede en nuestro organismo mientras pensamos, sentimos, imaginamos
o soñamos. Gracias al escáner cerebral se ha podido ir desvelando el
funcionamiento de nuestros cerebros y, de esta manera, la ciencia cuenta
con una poderosa herramienta para hablar de los enigmas del corazón e
intentar dar razón de los aspectos más irracionales del psiquismo.
Alrededor del tallo encefálico, que constituye la región más
primitiva de nuestro cerebro y que regula las funciones básicas como la
respiración o el metabolismo, se fue configurando el sistema límbico,
que aporta las emociones al repertorio de respuestas cerebrales. Gracias
a éste, nuestros primeros ancestros pudieron ir ajustando sus acciones
para adaptarse a las exigencias de un entorno cambiante. Así, fueron
desarrollando la capacidad de identificar los peligros, temerlos y
evitarlos. La evolución del sistema límbico estuvo, por tanto, aparejada
al desarrollo de dos potentes herramientas: la memoria y el
aprendizaje.
En esta región cerebral se ubica la amígdala, que tiene la
forma de una almendra y que, de hecho, recibe su nombre del vocablo
griego que denomina a esta última. Se trata de una estructura pequeña,
aunque bastante grande en comparación con la de nuestros parientes
evolutivos, en la que se depositan nuestros recuerdos emocionales y que,
por ello mismo, nos permite otorgarle significado a la vida. Sin ella,
nos resultaría imposible reconocer las cosas que ya hemos visto y
atribuirles algún valor.
Sobre esta base cerebral en la que se asientan las emociones,
fue creándose hace unos cien millones de años el neocórtex: la región
cerebral que nos diferencia de todas las demás especies y en la que
reposa todo lo característicamente humano. El pensamiento, la reflexión
sobre los sentimientos, la comprensión de símbolos, el arte, la cultura y
la civilización encuentran su origen en este esponjoso reducto de
tejidos neuronales. Al ofrecernos la posibilidad de planificar a largo
plazo y desarrollar otras estrategias mentales afines, las complejas
estructuras del neocórtex nos permitieron sobrevivir como especie. En
esencia, nuestro cerebro pensante creció y se desarrolló a partir de la
región emocional y estos dos siguen estando estrechamente vinculados por
miles de circuitos neuronales. Estos descubrimientos arrojan muchas
luces sobre la relación íntima entre pensamiento y sentimiento.
La emergencia del neocórtex produjo un sinnúmero de
combinaciones insospechadas y de gran sofisticación en el plano
emocional, pues su interacción con el sistema límbico nos permitió
ampliar nuestro abanico de reacciones ante los estímulos emocionales y
así, por ejemplo, ante el temor, que lleva a los demás animales a huir o
a defenderse, los seres humanos podemos optar por llamar a la policía,
realizar una sesión de meditación trascendental o sentarnos a ver una
comedia ligera. Asimismo, con el neocórtex emergió en nosotros la
capacidad de tener sentimientos sobre nuestros sentimientos, inducir
emociones o inhibir las pasiones.
Orgullosos de nuestra capacidad para controlar nuestras
emociones, hemos caído en la trampa de creer que nuestra racionalidad
prima sobre nuestros sentimientos y que a ella podemos atribuirle la
causa de todos nuestros actos. Pero, a diferencia de lo que pensamos,
son muchos los asuntos emocionales que siguen regidos por el sistema
límbico y nuestro cerebro toma decisiones continuamente sin siquiera
consultarlas con los lóbulos frontales y demás zonas analíticas de
nuestro cerebro pensante. Recuerde, simplemente, la última vez en que
perdió usted el control y explotó ante alguien, diciendo cosas que jamás
diría.
Los estudios neurológicos han encontrado que la primera
región cerebral por la que pasan las señales sensoriales procedentes de
los ojos o de los oídos es el tálamo, que se encarga de distribuir los
mensajes a las otras regiones de procesamiento cerebral. Desde allí, las
señales son dirigidas al neocórtex, donde la información es ponderada
mediante diferentes niveles de circuitos cerebrales, para tener una
noción completa de lo que ocurre y finalmente emitir una respuesta
adaptada a la situación. El neocórtex registra y analiza la situación y
acude a los lóbulos prefrontales para comprender y organizar los
estímulos, en orden a ofrecer una respuesta analítica y proporcionada,
enviando luego las señales al sistema límbico para que produzca e
irradie las respuestas hormonales al resto del cuerpo.
Aunque esta es la forma en la que funciona nuestro cerebro la
mayor parte del tiempo, Joseph LeDoux -en su apasionante estudio sobre
la emoción- descubrió que, junto a la larga vía neuronal que va al
córtex, existe una pequeña estructura neuronal que comunica directamente
el tálamo con la amígdala. Esta vía secundaria y más corta, que
constituye una suerte de atajo, permite que la amígdala reciba algunas
señales directamente de los sentidos y dispare una secreción hormonal
que determina nuestro comportamiento, antes de que esas señales hayan
sido registradas por el neocórtex.
El problema que esto puede y suele suscitar consiste en que
la amígdala ofrece respuestas inmediatas que no tienen en cuenta la
situación en toda su complejidad, sino que se limitan a asociarla con
los recuerdos emocionales que guarda almacenados para proveer así la
repuesta que considere adecuada. Si bien esto podría ser determinante
para la supervivencia de nuestros ancestros en situaciones en las que
unas milésimas de segundos significaban la diferencia entre vida o
muerte, en el sofisticado mundo social de hoy en día puede resultar
desproporcionado y hasta catastrófico.
Así, por ejemplo, no es de sorprender que una persona que
haya sufrido un fuerte trauma tras haber sido asediada sexualmente por
un antiguo jefe, tenga una reacción exagerada y violenta cuando se
enfrente a un escenario similar al del ataque o cuando se encuentre con
una superior que le recuerde de alguna forma a su agresor. De hecho, la
situación se hace más compleja si tenemos en cuenta que la mayoría de
los recuerdos emocionales más intensos que están almacenados en la
amígdala proceden de los primeros años de vida, de hechos que no sólo
escapan a nuestro control, sino que ni siquiera entran en el ámbito de
nuestros recuerdos conscientes.
En cada uno de nosotros se solapan dos mentes distintas: una
que piensa y otra que siente. Éstas constituyen dos facultades
relativamente independientes y reflejan el funcionamiento de circuitos
cerebrales diferentes aunque interrelacionados. De hecho, el intelecto
no puede funcionar adecuadamente sin el concurso de la inteligencia
emocional, y la adecuada complementación entre el sistema límbico y el
neocórtex exige la participación armónica de ambas. En muchísimas
ocasiones, estas dos mentes mantienen una adecuada coordinación,
haciendo que los sentimientos condicionen y enriquezcan los pensamientos
y lo mismo a la inversa. Algunas veces, sin embargo, la carga emocional
de un estímulo despierta nuestras pasiones, activando a nivel neuronal
un sistema de reacción de emergencia, capaz de secuestrar a la mente
racional y llevarnos a comportamientos desproporcionados e indeseables,
como cuando un ataque de cólera conduce a un homicidio.
En el funcionamiento de la amígdala y en su interrelación con
el neocórtex se esconde el sustento neurológico de la inteligencia
emocional, entendida, pues, como un conjunto de disposiciones o
habilidades que nos permite, entre otras cosas, tomar las riendas de
nuestros impulsos emocionales, comprender los sentimientos más profundos
de nuestros semejantes, manejar amablemente nuestras relaciones o
dominar esa capacidad que señaló Aristóteles de enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto.
La inteligencia más allá del intelecto
Diversos
estudios de largo plazo han ido observando las vidas de los chicos que
puntuaban más alto en las pruebas intelectivas o han comparado sus
niveles de satisfacción frente a ciertos indicadores (la felicidad, el
prestigio o el éxito laboral) con respecto a los promedios. Todos ellos
han puesto de relieve que el coeficiente intelectual apenas si
representa un 20% de los factores determinantes del éxito.
El 80% restante depende de otro tipo de variables, tales como
la clase social, la suerte y, en gran medida, la inteligencia
emocional. Así, la capacidad de motivarse a sí mismo, de perseverar en
un empeño a pesar de las frustraciones, de controlar los impulsos,
diferir las gratificaciones, regular los propios estados de ánimo,
controlar la angustia y empatizar y confiar en los demás parecen ser
factores mucho más determinantes para la consecución de una vida plena
que las medidas del desempeño cognitivo.
Tal como sucede con las matemáticas o la lectura, la vida
emocional constituye un ámbito que se puede dominar con mayor o menor
pericia. A menudo se nos presentan en el mundo sujetos que evocan la
caricatura estereotípica del intelectual con una asombrosa capacidad de
razonamiento, pero completamente inepto en el plano personal. Quienes,
en cambio, gobiernan adecuadamente sus sentimientos, y saben interpretar
y relacionarse efectivamente con los sentimientos de los demás, gozan
de una situación ventajosa en todos los dominios de la vida, desde el
noviazgo y las relaciones íntimas hasta la comprensión de las reglas
tácitas que determinan el éxito en el ámbito profesional.
Si bien es cierto que en toda persona coexisten los dos tipos
de inteligencia (cognitiva y emocional), es evidente que la
inteligencia emocional aporta, con mucha diferencia, la clase de
cualidades que más nos ayudan a convertirnos en auténticos seres
humanos. Uno de los críticos más contundentes con el modelo tradicional
de concebir la inteligencia es Howard Gardner. Este mantiene que la
inteligencia no es una sola, sino un amplio abanico de habilidades
diferenciadas entre las que identifica siete, sin pretender con ello
hacer una enumeración exhaustiva.
Gardner destaca dos tipos de inteligencia personal: la
interpersonal, que permite comprender a los demás, y la intrapersonal,
que permite configurar una imagen fiel y verdadera de uno mismo. De
forma más específica, y siguiendo el sendero abierto por Gardner, Peter
Salovey ha organizado las inteligencias personales en cinco competencias
principales: el conocimiento de las propias emociones, la capacidad de
controlar estas últimas, la capacidad de motivarse uno mismo, el
reconocimiento de las emociones ajenas y el control de las
relaciones.
Las habilidades emocionales no sólo nos hacen más humanos,
sino que en muchas ocasiones constituyen una condición de base para el
despliegue de otras habilidades que suelen asociarse al intelecto, como
la toma de decisiones racionales. El propio Gardner ha dicho que en
la vida cotidiana no existe nada más importante que la inteligencia
intrapersonal, ya que a falta de ella, no acertaremos en la elección de
la pareja con quien vamos a contraer matrimonio, en la elección del
puesto de trabajo, etcétera.
El caso de Elliot constituye un ejemplo interesante de la
forma en que esto sucede. Tras una intervención quirúrgica en la que le
extirparon un tumor cerebral, Elliot sufrió un cambio radical en su
personalidad y en pocos meses perdió su trabajo, arruinó su matrimonio y
dilapidó todos sus recursos. Aunque sus capacidades intelectuales
seguían intactas, como corroboraban los tests que se le realizaron,
Elliot malgastaba su tiempo en cualquier pequeño detalle, como si
hubiera perdido toda sensación de prioridad. Tras estudiar su caso,
Antonio Damasio encontró que con la operación se habían comprometido
algunas conexiones nerviosas de la amígdala con otras regiones del
neocórtex y que, en consecuencia, Elliot ya no tenía conciencia de sus
propios sentimientos.
Pero Damasio fue un poco más allá, y logró concluir que los
sentimientos juegan un papel fundamental en nuestra habilidad para tomar
las decisiones que a diario debemos adoptar, pues al parecer, la
presencia de una sensación visceral es la que nos da la seguridad que
necesitamos para renunciar o proseguir con un determinado curso de
acción, disminuyendo las alternativas sobre las cuales tenemos que
elegir. En suma, muchas de las habilidades vitales que nos permiten
llevar una vida equilibrada, como la capacidad para tomar decisiones,
nos exigen permanecer en contacto con nuestras propias emociones.
Habilidad 1: autocontrol, el dominio de uno mismo
Los griegos llamaban sofrosyne a la virtud consistente en el cuidado y la inteligencia en el gobierno de la propia vida; a su vez, los romanos y la iglesia cristiana primitiva denominaban temperancia
(templanza) a la capacidad de contener el exceso emocional. La
preocupación, pues, por gobernarse a sí mismo y controlar impulsos y
pasiones parece ir aparejada al desarrollo de la vida en comunidad, pues
una emoción excesivamente intensa o que se prolongue más allá de lo
prudente, pone en riesgo la propia estabilidad y puede traer
consecuencias nefastas.
Si de una parte somos
esclavos de nuestra propia naturaleza, y en ese sentido es muy escaso el
control que podemos ejercer sobre la forma en que nuestro cerebro
responde a los estímulos y sobre su manera de activar determinadas
respuestas emocionales, por otra parte sí que podemos ejercer algún
control sobre la permanencia e intensidad de esos estados emocionales.
Así, el arte de
contenerse, de dominar los arrebatos emocionales y de calmarse a uno
mismo ha llegado a ser interpretado por psicólogos de la altura de D. W.
Winnicott como el más fundamental de los recursos psicológicos. Y como
ha demostrado una profusa investigación, estas habilidades se pueden
aprender y desarrollar, especialmente en los años de la infancia en los
que el cerebro está en perpetua adaptación. Para comprender mejor estas
afirmaciones, veamos su aplicación en el caso del enfado y la tristeza.
El enfado es una emoción
negativa con un intenso poder seductor, pues se alimenta a sí misma en
una especie de círculo cerrado, en el que la persona despliega un
diálogo interno para justificar el hecho de querer descargar la cólera
en contra de otro. Cuantas más vueltas le da a los motivos que han
originado su enfado, mayores y mejores razones creerá tener para seguir
enojado, alimentando con sus pensamientos la llama de su cólera. El
enfado, pues, se construye sobre el propio enfado y su naturaleza
altamente inflamable atrapa las estructuras cerebrales, anulando toda
guía cognitiva y conduciendo a la persona a las respuestas más
primitivas.
Dolf Zillmann, psicólogo
de la Universidad de Alabama, sostiene que el detonante universal del
enfado radica en la sensación de hallarse amenazado, bien sea por una
amenaza física o cualquier amenaza simbólica en contra de la autoestima o
el amor propio (como, por ejemplo, sentirse tratado de forma injusta o
ruda o recibir un insulto o cualquier otra muestra de menosprecio).
Por su naturaleza
invasiva, el enfado suele percibirse como una emoción incontrolable e
incluso euforizante, y esto ha fomentado la falsa creencia de que la
mejor forma de combatirlo consiste en expresarlo abiertamente, en una
suerte de catarsis liberadora. Los experimentos liderados por Zillman
han permitido concluir que el hecho de airear el enojo de poco o nada
sirve para mitigarlo. Aún más, Diane Tice ha descubierto que expresar
abiertamente el enfado constituye una de las peores maneras de tratar de
aplacarlo, porque los arranques de ira incrementan necesariamente la
excitación emocional del cerebro y hacen que la persona se sienta
todavía más irritada.
Benjamin Franklin sentenció que siempre hay razones para estar enfadados, pero éstas rara vez son buenas.
El problema está en saber discernir. Los estudios empíricos de Zillman
le han servido para descubrir que una de las recetas más efectivas para
acabar con el enfado consiste en reencuadrar la situación dentro de un
marco más positivo. Para ello, conviene hacer conciencia de los
pensamientos que desencadenaron la primera descarga de enojo, pues
muchas veces una pequeña información adicional sobre esa situación
original puede restarle toda su fuerza al enfado.
En un experimento muy
elocuente, un grupo de voluntarios debía realizar ejercicios físicos en
una sala, dirigidos por un ayudante que, en realidad, era cómplice del
investigador y se limitaba a insultarlos y a provocarlos de múltiples
formas. Al terminar la actividad, los voluntarios tenían la posibilidad
de descargar su cólera, evaluando las aptitudes del ayudante para una
eventual contratación laboral. Como era de esperar, los ánimos estaban
caldeados y las calificaciones que el sujeto obtuvo fueron bajísimas.
En una segunda
aplicación del experimento se introdujo una variante: cuando terminaban
los ejercicios, entraba una mujer con los formularios y el ayudante, que
en ese momento salía, se despedía de ella de forma despectiva. Ella,
sin embargo, parecía tomarse sus palabras con buen humor y luego les
explicaba a los asistentes que su compañero estaba pasando por muy mal
momento, sometido a intensas presiones por un examen al que se sometería
pronto. Esa pequeña información bastó para modular el enfado de los
voluntarios, quienes en esta ocasión calificaron de forma mucho más
benévola las aptitudes del ayudante.
Por otra parte, Zillman
ha descubierto que alejarse de los estímulos que pueden recordar las
causas del enfado y cambiar el foco de atención es otra forma muy
efectiva de aplacarlo, pues se pone fin a la cadena de pensamientos
irritantes, se reduce la excitación fisiológica y se produce una suerte
de enfriamiento en el que la cólera va desapareciendo. A juicio de
Zillman, mediante unas distracciones adecuadas en las que la mente tenga
que prestar atención a algo nuevo, diferente y entretenido (como ver
una película, leer un libro, realizar un poco de ejercicio o dar un
paseo), es posible modificar el estado anímico y suavizar el enfado,
pues es muy difícil que éste subsista cuando uno lo está pasando bien.
De manera semejante a lo
que ocurre con el enfado, la tristeza es un estado de ánimo que lleva a
la gente a utilizar múltiples recursos para librarse de él, muchos de
los cuales resultan poco efectivos. Por ejemplo, Diane Tice ha
comprobado que el hecho de aislarse, que suele ser la opción escogida
por muchos cuando se sienten abatidos, solamente contribuye a aumentar
su sensación de soledad y desamparo.
La tristeza como tal no
es necesariamente un estado negativo; por el contrario, puede desempeñar
las funciones necesarias para una recomposición emocional, como sucede
con el duelo tras la pérdida de un ser querido. Pero cuando adquiere la
naturaleza crónica de una depresión, puede erosionar la salud mental y
física de una persona llevándola incluso a cometer un suicidio.
Entre las medidas que han demostrado mayor éxito para
combatir la depresión se encuentra la terapia cognitiva orientada a
modificar las pautas de pensamiento que la rigen. Esta terapia intenta
conducir al paciente a identificar, cuestionar y relativizar los
pensamientos que se esconden en el núcleo de la obsesión y a establecer
un programa de actividades agradables que procure alguna clase de
distracción, como por ejemplo el aeróbic, que ha demostrado ser una de
las tácticas más eficaces para sacudirse de encima tanto la depresión
leve como otros estados de ánimo negativos.
Habilidad 2: el entusiasmo, la aptitud maestra para la vida
Por su poderosa influencia sobre todos los aspectos de la vida
de una persona, las emociones se encuentran en el centro de la
existencia; la habilidad del individuo para manejarlas actúa como un
poderoso predictor de su éxito en el futuro. La capacidad de pensar, de
planificar, concentrarse, solventar problemas, tomar decisiones y muchas
otras actividades cognitivas indispensables en la vida pueden verse
entorpecidas o favorecidas por nuestras emociones. Así pues, el equipaje
emocional de una persona, junto a su habilidad para controlar y manejar
esas tendencias innatas, proveen los límites de sus capacidades
mentales y determinan los logros que podrá alcanzar en la vida.
Habilidades emocionales como el entusiasmo, el gusto por lo que se hace o
el optimismo representan unos estímulos ideales para el éxito. De ahí
que la inteligencia emocional constituya la aptitud maestra para la
vida.
Si comparamos a dos
personas con unas capacidades innatas equivalentes, una de las cuales se
encuentra en la cúspide de su carrera, mientras la otra se codea con la
masa en un nivel de mediocridad, encontraremos que su principal
diferencia radica en aspectos emocionales: por ejemplo, el entusiasmo y
la tenacidad frente a todo tipo de contratiempos, que le habrán
permitido al primero perseverar en la práctica ardua y rutinaria durante
muchos años.
Diversos estudios han
trazado la correlación entre ciertas habilidades emocionales y el
desempeño futuro de una persona. Delante de un grupo de niños de cuatro
años de edad se colocó una golosina que podían comer, pero se les
explicó que si esperaban veinte minutos para hacerlo, entonces
conseguirían dos golosinas. Doce años después se demostró que aquellos
pequeños que habían exhibido el autocontrol emocional necesario para
refrenar la tentación en aras de un beneficio mayor eran más competentes
socialmente, más emprendedores y más capaces de afrontar las
frustraciones de la vida.
De forma semejante, la
ansiedad constituye un predictor casi inequívoco del fracaso en el
desempeño de una tarea compleja, intelectualmente exigente y tensa como,
por ejemplo, la que desarrolla un controlador aéreo. Un estudio
realizado sobre 1.790 estudiantes de control del tráfico aéreo arrojó
que el indicador de éxito y fracaso estaba mucho más relacionado con los
niveles de ansiedad que con las cifras alcanzadas en los tests de
inteligencia. Asimismo, 126 estudios diferentes, en los que participaron
más de 36.000 personas, han ratificado que cuanto más proclive a
angustiarse es una persona, menor es su rendimiento académico. Así pues,
la ansiedad y la preocupación, cuando no se cuenta con la habilidad
emocional para dominarlas, actúan como profecías autocumplidas que
conducen al fracaso.
En cuanto al entusiasmo y
la habilidad para pensar de forma positiva, C. R. Snyder, psicólogo de
la Universidad de Kansas, descubrió que las expectativas de un grupo de
estudiantes universitarios eran un mejor predictor de sus resultados en
los exámenes que sus puntuaciones en un test llamado SAT, que tiene una
elevada correlación con el coeficiente intelectual. Según Snyder, la
esperanza es algo más que la visión ingenua de que todo irá bien; se
trata de la creencia de que uno tiene la voluntad y dispone de la forma de llevar a cabo sus objetivos, cualesquiera que estos sean.
Con el optimismo sucede
algo parecido. Siempre que no se trate de un fantasear irreal e ingenuo,
el optimismo es una actitud que impide caer en la apatía, la
desesperación o la depresión frente a las adversidades. Martin Seligman,
de la Universidad de Pensilvania, lo define en función de la forma en
que la gente se explica a sí misma sus éxitos y sus fracasos. Mientras
que el optimista ubica la causa de sus fracasos en algo que puede
cambiarse y que podrá combatir en el futuro, el pesimista se echa la
culpa de sus reveses, atribuyéndolos a alguna característica personal
que no es posible modificar. El mismo Seligman lideró un estudio sobre
los vendedores de seguros de una compañía norteamericana: así descubrió
que, durante sus primeros dos años de trabajo, los optimistas vendían un
37% más que los pesimistas, y que las tasas de abandono del puesto
entre los pesimistas doblaban a las de sus colegas optimistas.
En síntesis, canalizar
las emociones hacia un fin más productivo constituye una verdadera
aptitud maestra. Ya se trate de controlar los impulsos, de demorar la
gratificación, de regular los estados de ánimo para facilitar el
pensamiento y la reflexión, de motivarse a uno mismo para perseverar y
hacer frente a los contratiempos, de asumir una actitud optimista frente
al futuro, todo ello parece demostrar el gran poder de las emociones
como guías que determinan la eficacia de nuestros esfuerzos.
Habilidad 3: la empatía, ponerse en la piel de los demás
Algunas personas tienen más facilidad que otras para expresar
con palabras sus propios sentimientos; existe otro tipo de individuos
cuya incapacidad absoluta para hacerlo los lleva incluso a considerar
que carecen de sentimientos. Peter Sifneos, psiquiatra de Harvard, acuñó
el término “alexitimia”, que se compone del prefijo a (sin), junto a los vocablos lexis (palabra) y thymos (emoción), para referirse a la incapacidad de algunas personas para expresar con palabras sus propias vivencias.
No es que los
alexitímicos no sientan, simplemente carecen de la capacidad fundamental
para identificar, comprender y expresar sus emociones. Este tipo de
ignorancia hace de ellos personas planas y aburridas, que suelen
quejarse de problemas clínicos difusos, y que tienden a confundir el
sufrimiento emocional con el dolor físico. Pero el efecto negativo de
esta condición rebasa el ámbito privado de la persona en cuestión, en la
medida en que la conciencia de sí mismo es la facultad sobre la que se
erige la empatía. Así, al no tener la menor idea de lo que sienten, los
alexitímicos se encuentran completamente desorientados con respecto a
los sentimientos de quienes les rodean.
La palabra empatía proviene del griego empatheia,
que significa “sentir dentro”, y denota la capacidad de percibir la
experiencia subjetiva de otra persona. El psicólogo norteamericano E.B.
Titehener amplió el alcance del término para referirse al tipo de
imitación física que realiza una persona frente al sufrimiento ajeno,
con el objeto de evocar idénticas sensaciones en sí misma. Diversas
observaciones in situ han permitido identificar esta habilidad
desde edades muy tempranas, como en niños de nueve meses de edad que
rompen a llorar cuando ven a otro niño caerse, o niños un poco mayores
que ofrecen su peluche a otro niño que está llorando y llegan incluso a
arroparlo con su manta. Incluso se ha demostrado que desde los primeros
días de vida, los bebés se muestran afectados cuando oyen el llanto de
otro niño, lo cual ha sido considerado por algunos como el primer
antecedente de la empatía.
A lo largo de la vida,
esa capacidad para comprender lo que sienten los demás afecta un
espectro muy amplio de actividades, que van desde las ventas hasta la
dirección de empresas, pasando por la política, las relaciones amorosas y
la educación de los hijos. A su vez, la ausencia de empatía suele ser
un rasgo distintivo de las personas que cometen los delitos más
execrables: psicópatas, violadores y pederastas. La incapacidad de estos
sujetos para percibir el sufrimiento de los demás les infunde el valor
necesario para perpetrar sus delitos, que muchas veces justifican con
mentiras inventadas por ellos mismos, como cuando un padre abusador
asume que está dándole afecto a sus hijos o un violador sostiene que su
víctima lo ha incitado al sexo por la forma en que iba vestida.
Los estudios adelantados por el National Institute of Mental Health han
puesto de relieve que buena parte de las diferencias en el grado de
empatía se hallan directamente relacionadas con la educación que los
padres proporcionan a sus hijos. Daniel Stern, un psiquiatra que ha
estudiado los breves y repetidos intercambios que tienen lugar entre
padres e hijos, sostiene que en esos momentos de intimidad se está dando
el aprendizaje fundamental de la vida emocional. A su juicio, existe sintonización
entre dos personas -una madre y su hijo, o dos amantes en la cama-
cuando la una constata que sus emociones son captadas, aceptadas y
correspondidas con empatía.
Según los estudios
realizados, el coste de la falta de sintonía emocional entre padres e
hijos es extraordinario. Cuando los padres fracasan reiteradamente en
mostrar empatía hacia una determinada gama de emociones de su hijo, como
el llanto o sus necesidades afectivas, el niño dejará de expresar ese
tipo de emociones y es posible que incluso deje de sentirlas. De esta
forma, y en general, los sentimientos que son desalentados de forma más o
menos explícita durante la primera infancia pueden desaparecer por
completo del repertorio emocional de una persona.
Por fortuna, las
investigaciones también han encontrado que las pautas relacionales se
pueden ir modificando y que, si bien es cierto que las primeras
relaciones tienen un impacto enorme en la configuración emocional, el
sujeto se enfrentará a una serie de relaciones “compensatorias” a lo
largo de su vida, con amigos, familiares o hasta con un terapeuta, que
pueden ir remoldeando sus pautas de conducta. En ese sentido, muchas
teorías psicoanalíticas consideran que la relación terapéutica
constituye un adecuado correctivo emocional que puede proporcionar una
experiencia satisfactoria de sintonización.
Finalmente, las
investigaciones sobre la comunicación humana suelen dar por hecho que
más del 90% de los mensajes emocionales es de naturaleza no verbal, y se
manifiesta en aspectos como la inflexión de la voz, la expresión facial
y los gestos, entre otros. De ahí que la clave que permite a una
persona acceder a las emociones de los demás radica en su capacidad para
captar los mensajes no verbales. De hecho, diversos estudios han
evidenciado que los niños que tienen más desarrollada esta capacidad
muestran un mayor rendimiento académico que el de la media, aun cuando
sus coeficientes intelectuales sean iguales o inferiores al de otros
niños menos empáticos. Este dato parece sugerir que la empatía favorece
el rendimiento escolar o, tal vez, que los niños empáticos son más
atractivos a los ojos de sus profesores.
Inteligencia emocional para el trabajo
Una persona que carece de control sobre sus emociones
negativas podrá ser víctima de un arrebato emocional que le impida
concentrarse, recordar, aprender y tomar decisiones con claridad. De ahí
la frase de cierto empresario de que el estrés estupidiza a la gente.
El precio que puede llegar a pagar una empresa por la baja inteligencia
emocional de su personal es tan elevado, que fácilmente podría llevarla
a la quiebra. En el caso de la aeronáutica, se estima que el 80% de los
accidentes aéreos responde a errores del piloto. Como bien saben en los
programas de entrenamiento de pilotos, muchas catástrofes se pueden
evitar si se cuenta con una tripulación emocionalmente apta, que sepa
comunicarse, trabajar en equipo, colaborar y controlar sus arrebatos.
El tiempo de los jefes
competitivos y manipuladores, que confundían la empresa con una selva,
ha pasado a la historia. La nueva sociedad requiere otro tipo de
superior cuyo liderazgo no radique en su capacidad para controlar y
someter a los otros, sino en su habilidad para persuadirlos y encauzar
la colaboración de todos hacia unos propósitos comunes.
En un entorno laboral de
creciente profesionalización, en el que las personas son muy buenas en
labores específicas pero ignoran el resto de tareas que conforman la
cadena de valor, la productividad depende cada vez más de la adecuada
coordinación de los esfuerzos individuales. Por esa razón, la
inteligencia emocional, que permite implementar buenas relaciones con
las demás personas, es un capital inestimable para el trabajador
contemporáneo.
En un estudio publicado en la Harvard Business Review,
Robert Kelley y Janet Caplan compararon a un grupo de trabajadores
“estrella” con el resto situado en la media: con respecto a una serie de
indicadores, hallaron que, mientras que no había ninguna diferencia
significativa en el coeficiente intelectual o talento académico, sí se
observaban disparidades críticas en relación a las estrategias internas e
interpersonales utilizadas por los trabajadores “estrella” en su
trabajo. Uno de los mayores contrastes que encontraron entre los dos
grupos venía dado por el tipo de relaciones que establecían con una red
de personas clave.
Los trabajadores
“estrella” de una organización suelen ser aquellos que han establecido
sólidas conexiones en las redes sociales informales y, por lo tanto,
cuentan con un enorme potencial para resolver problemas, pues saben a
quién dirigirse y cómo obtener su apoyo en cada situación antes incluso
de que las complicaciones se presenten, frente a aquellos otros que se
ven abocados a ellas por no contar con el respaldo oportuno.
Por otra parte, y de
forma más general, la eficacia, la satisfacción y la productividad de
una empresa están condicionadas por el modo en que se habla de los
problemas que se presentan. Aunque muchas veces se evite hacerlo o se
haga de forma equivocada, el feedback constituye el nutriente esencial para potenciar la efectividad de los trabajadores. Al proporcionar feedback,
hay que evitar siempre los ataques generalizados que van dirigidos al
carácter de la persona, como cuando se le llama estúpida o incompetente,
pues éstos suelen generar un efecto devastador en la motivación, la
energía y la confianza de quien los recibe. Una buena crítica no se
ocupa tanto de atribuir los errores a un rasgo de carácter como de
centrarse en lo que la persona ha hecho y puede hacer en el futuro.
Harry Levinson, un antiguo psicoanalista que se ha pasado al campo
empresarial, recomienda, para ofrecer un buen feedback, ser concreto, ofrecer soluciones y ser sensible al impacto de las palabras en el interlocutor.
En los entornos
profesionales contemporáneos, la diversidad constituye una ventaja
competitiva, potencia la creatividad y representa casi una exigencia de
los mercados heterogéneos que comienzan a imperar. Pero para poder
sacarle provecho, se requiere la presencia de aquellas habilidades
emocionales que favorecen la tolerancia y rechazan los prejuicios. A
este respecto, Thomas Pettigrew, psicólogo social de la Universidad de
California, subraya una gran dificultad, pues las emociones propias
de los prejuicios se consolidan durante la infancia, mientras que las
creencias que los justifican se aprenden muy posteriormente. Así,
aunque es factible cambiar las creencias intelectuales respecto a un
prejuicio, es muy complejo transformar los sentimientos más profundos
que le dan vida.
La investigación sobre
los prejuicios pone de relieve que los esfuerzos por crear una cultura
laboral más tolerante deben partir del rechazo explícito a toda forma de
discriminación o acoso, por pequeña que sea (como los chistes racistas o
las imágenes de chicas ligeras de ropa que degradan al género
femenino). Existen estudios que han demostrado que cuando, en un grupo,
alguien expresa sus prejuicios étnicos, todos los miembros se ven más
proclives a hacer lo mismo. Por lo tanto, una política empresarial de
tolerancia y de no discriminación no debe limitarse a un par de
cursillos de “entrenamiento en la diversidad” en un fin de semana, sino
que debe permear todos los espacios de la empresa y constituir una
práctica arraigada en cada acción cotidiana. Si bien los prejuicios
largamente sostenidos no son fáciles de erradicar, sí es posible, en
todo caso, hacer algo distinto con ellos. El simple acto de llamar a los
prejuicios por su nombre o de oponerse francamente a ellos establece
una atmósfera social que los desalienta, mientras que, por el contrario,
hacer como si no ocurriera nada equivale a autorizarlos.
Conclusión
Los estragos que la ineptitud emocional causa en el mundo son
más que evidentes. Basta con abrir un diario para encontrar consignadas
las formas de violencia y de degradación más aberrantes, que no parecen
responder a ninguna lógica. Hoy por hoy no nos genera mayor estupor
escuchar que un corredor de bolsa se haya arrojado de un rascacielos
tras una repentina caída de la bolsa, que un marido haya golpeado a su
esposa o que, tras haber sido despedido, un empleado haya entrado en su
compañía armado hasta los dientes y haya asesinado a varias personas
indiscriminadamente.
Estas evidencias se
suman a la ola de violencia que asola al planeta, al alarmante
incremento de la depresión en todo el mundo, a los niveles de estrés que
van en franco aumento y a una interminable lista de síntomas: todos
ellos dan cuenta de una irrupción descontrolada de los impulsos en
nuestras vidas y de una ineptitud generalizada, y acaso creciente, para
controlar las pasiones y los arrebatos emocionales.
Tradicionalmente hemos
sobrevalorado la importancia de los aspectos puramente racionales de
nuestra psiquis, en un afán por medir y comparar los coeficientes de la
inteligencia humana. Sin embargo, en aquellos momentos en que nos vemos
arrastrados por las emociones, cuando un chico golpea a otro por
burlarse de él o un conductor le dispara a aquel que le ha cerrado la
vía, la inteligencia se ve desbordada y los esfuerzos por entender la
capacidad de análisis racional de cada sujeto no parecen tener mayor
utilidad.
La abundante base
experimental existente permite concluir que, si bien todas las personas
venimos al mundo con un temperamento determinado, los primeros años de
vida tienen un efecto determinante en nuestra configuración cerebral y,
en gran medida, definen el alcance de nuestro repertorio emocional. Pero
ni la naturaleza innata ni la influencia de la temprana infancia
constituyen determinantes irreversibles de nuestro destino emocional. La
puerta para la alfabetización emocional siempre está abierta y, así
como a las escuelas les corresponde suplir las deficiencias de la
educación doméstica, las empresas y los profesionales que quieran lograr
el éxito en el entorno de especialización y diversidad que caracteriza
al mundo moderno deben tener consciencia de sus emociones y dotarlas de
inteligencia.

Inteligencia Social
por Daniel Goleman
Cómo utilizar nuestra inteligencia social para conectar con los demás de forma armónica y saludable
Descripción
El descubrimiento más importante de la neurociencia es que nuestro cerebro está programado para conectar con los demás: y es que cada vez que dos o más personas se encuentran o se comunican, en sus cerebros se inicia una suerte de danza emocional. Ciertas regiones se activan, se segregan ciertas hormonas y ciertas conexiones neuronales se disparan. En su conjunto, este sutil “tango de sentimientos” será más o menos armónico según el tipo de conexión existente entre las personas en cuestión. Ahora bien, a medio y largo plazo, estas relaciones sociales no solo irán esculpiendo la forma, el tamaño y el número de neuronas de cada sujeto, sino que irán influyendo silenciosamente en su carácter, en su biología e incluso en su salud.
Las personas que nos rodean tienen la capacidad de moldear y definir nuestros estados de ánimo y nuestra biología, al tiempo que nosotros ejercemos una influencia análoga en ellos. Esa comprensión profunda del influjo que las relaciones tienen en nuestra vida y en la de los demás da origen a lo que puede llamarse la “inteligencia social”, cuyo desarrollo exige, a un mismo tiempo, conocer la forma en que funcionan las relaciones y comportarse adecuadamente en ellas. Una persona socialmente hábil podría, como lo hace un luchador de jiu-jitsu, reconocer las energías emocionales hostiles y orientarlas para que se tornen positivas. [pulsa aquí para leer ahora el resumen completo de Inteligencia Social]
Indice de contenidos del libro resumido
Introducción - Programados para conectar con los demás - Las dos vías del cerebro - El rapport: una forma de sintonía social - Educando la naturaleza - El estrés es social - Zona de rendimiento óptimo - Conclusión
Autor
Daniel Goleman (Stockton, California, 1946) es un reputado psicólogo estadounidense, graduado en el Amherst College y doctorado por la Universidad de Harvard. Tras pasar varios años como investigador y profesor en distintas instituciones universitarias dio un giro a su carrera profesional y se incorporó a la revista Psychology Today. Posteriormente trabajaría durante doce años en la sección de psicología de The New York Times.
Durante su etapa como periodista publicó el libro Inteligencia Emocional (Kairós, 1996), que rápidamente se convertiría en bestseller, vendiendo millones de copias en todo el mundo. La gran acogida que tuvo este libro entre la comunidad empresarial le llevó a escribir La práctica de la inteligencia emocional (Kairós, 1999). Otros de sus libros destacados son: La salud emocional: conversaciones con el Dalai Lama sobre la salud, las emociones y la mente (Kairós, 1997), El punto ciego (Plaza & Janés, 1999), El espíritu creativo (Ediciones B , 2000), El líder resonante crea más (Plaza & Janés, 2002) escrito junto a Richard Boyatzis, Inteligencia social (Kairós, 2006),Inteligencia ecológica (Kairós, 2009), y Focus (Kairós, 2013).
En la actualidad, Goleman es codirector del Consortium for Research on Emotional Intelligence in Organizations en la Universidad Rutgers, que tiene como misión fomentar la investigación sobre el papel que juega la inteligencia emocional en la excelencia.
Investigación para expresarse mejor.
Biografia de demostenes
Mejorar la dicción.
https://www.youtube.com/watch?v=vWZtuPQEdXk
Hablar fluida y sin muletillas.
https://www.youtube.com/watch?v=44sOUBgExlQ
Once (Iluminati) libros para Mejorar.
Ya
ven que el once es el numero magico illuminati... por eso es que aqui
les traigo esta lista de once libros de desarrollo humano.
Poder sin límites de Tony Robbins.
Inteligencia Emocional de Daniel Goleman.
Tus zonas erróneas de Wayne Dyer.
La Buena Suerte de Álex Rovira.
Padre Rico, Padre Pobre de Robert Kiyosaky.
La brújula interior de Álex Rovira.
Cuentos para pensar de Jorge Bucay.
Trucos y pautas para sentirse mejor del Dr. Emilio Garrido-Landívar.
El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl.
Despertando al Gigante Interior de Anthony Robbins.
Piense y hágase rico, de Napoleon Hill.
1) “Poder sin límites” de Tony Robbins.
El problema esencial del desarrollo personal no está en las circunstancias; el éxito, la riqueza se consiguen en buena parte por la actitud vital de cada individuo. sera que estamos limitando nuestras ambiciones legítimas, si estas en frustración es muy probable que sea el miedo el que te este impidendo ir más allá.
2) “Inteligencia Emocional” de Daniel Goleman.
Daniel Goleman presenta la Inteligencia Emocional como el factor principal para el éxito. Rechaza los conceptos convencionales de la inteligencia y la fiabilidad que se obtiene en los test sobre el cociente intelectual. El libro ha vendido aproximadamente 5.000.000 de copias en todo el mundo y ha sido traducido a 40 idiomas.
3) “Tus zonas erróneas” de Wayne Dyer.
Este libro te dice cómo escapar de los pensamientos negativos y tomar el control de tu vida. Todos tenemos una serie de emociones incapacitantes como la culpa. ¿Cuál es ese pensamiento tuyo que no te deja avanzar? Wayne Dyer te ayuda a identificarlos y te da una serie de razones que te hacen pensar que tener esa clase de emoción no te llevará a ningún lado, bueno sí, a la depresión. Este libro ha pulverizado todos los récords mundiales al haber vendido alrededor de 35 millones de copias por todo el mundo.
4) “La Buena Suerte” de Álex Rovira.
Álex Rovira es un descubrimiento reciente para mí. Tiene una oratia excepcional que traslada a sus libros. Este libro trata de un cuento mágico. Una metáfora sobre el esfuerzo, la constancia y la capacidad para nunca darse por vencido. Estoy seguro de que te gustará.
6) “La brújula interior” de Álex Rovira.
Es un libro compuesto por una serie de cartas que un empleado escribe a su jefe y en las que reflexiona sobre el devenir de los acontecimientos más fundamentales en la vida. Sin duda, es un libro que te hará a reflexionar sobre lo que es importante en la vida.
7) “Cuentos para pensar” de Jorge Bucay.
Conjunto de cuentos que ayudan a reflexionar sobre el comportamiento del ser humano y que sirven de metáfora para situaciones cotidianas de la vida.
8) “Trucos y pautas para sentirse mejor” del Dr. Emilio Garrido-Landívar.
El Dr. Emilio Garrido-Landívar es un psicólogo muy famoso en Pamplona, ciudad en la que resido. Tiene un estilo muy directo y transmite una vitalidad muy contagiosa. En este libro da numerosísimos consejos en formato de listas sobre cómo relajarnos, cómo aumentar nuestra calidad de vida,… Una obra muy sencilla de entender y directa a las soluciones que todos necesitamos para nuestros problemas.
9) “El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl.
Este libro es uno de los más poderosos libros de autoayuda pues trata una vivencia real y personal de Viktor Frankl, un hombre que sobrevivió a tres años encerrado en un campo de exterminación nazi mientras veía cómo moría toda su familia.
Un libro dotado de un testimonio poderoso que debería ser de obligada lectura en los colegios e institutos de todo el mundo.
10) “Despertando al Gigante Interior” de Anthony Robbins.
Repite Anthony Robbins. Es un libro muy en la línea con el primero de esta lista. Te enseña a sacar lo mejor de ti mismo para que te autoconvenzas de que TODO lo puedes lograr si te lo propones.
11) “Piense y hágase rico”, de Napoleon Hill.
He querido dejar para el final este libro que fue el origen de todo este boom de la superación personal. Napoleon Hill encapsula 13 principios que están detrás del secreto del éxito. Este libro te transmite la idea de que gracias a tus pensamientos puedes llegar a niveles de éxito que nunca hubieras podido ni imaginar.
“Piense y hágase rico” es la gran obra maestra de todo este género de la literatura del desarrollo personal. Es un libro que te absorbe y ha vendido más de 30 millones de copias en todo el mundo.
Poder sin límites de Tony Robbins.
Inteligencia Emocional de Daniel Goleman.
Tus zonas erróneas de Wayne Dyer.
La Buena Suerte de Álex Rovira.
Padre Rico, Padre Pobre de Robert Kiyosaky.
La brújula interior de Álex Rovira.
Cuentos para pensar de Jorge Bucay.
Trucos y pautas para sentirse mejor del Dr. Emilio Garrido-Landívar.
El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl.
Despertando al Gigante Interior de Anthony Robbins.
Piense y hágase rico, de Napoleon Hill.
1) “Poder sin límites” de Tony Robbins.
El problema esencial del desarrollo personal no está en las circunstancias; el éxito, la riqueza se consiguen en buena parte por la actitud vital de cada individuo. sera que estamos limitando nuestras ambiciones legítimas, si estas en frustración es muy probable que sea el miedo el que te este impidendo ir más allá.
Lo mejor es que transmite motivación desde la
primera página y da pautas a seguir concretas para realizar cambios.
Esto hace que sea un libro ameno, entretenido y con muchos ejercicios
por realizar, lo cual es necesario si realmente queremos hacer cambios.
Importante destacar que nos habla de cómo tener más energía, de la
alimentación y varios aspectos más que provocarán el cambio en nosotros.
Muchos ejemplos y metáforas predisponen al lector a seguir en la lectura del capítulo haciéndolo atractivo.
Es un libro recomendable para hacer una
primera toma de contacto con la Programación Neurolingüística (PNL).
2) “Inteligencia Emocional” de Daniel Goleman.
Daniel Goleman presenta la Inteligencia Emocional como el factor principal para el éxito. Rechaza los conceptos convencionales de la inteligencia y la fiabilidad que se obtiene en los test sobre el cociente intelectual. El libro ha vendido aproximadamente 5.000.000 de copias en todo el mundo y ha sido traducido a 40 idiomas.
3) “Tus zonas erróneas” de Wayne Dyer.
Este libro te dice cómo escapar de los pensamientos negativos y tomar el control de tu vida. Todos tenemos una serie de emociones incapacitantes como la culpa. ¿Cuál es ese pensamiento tuyo que no te deja avanzar? Wayne Dyer te ayuda a identificarlos y te da una serie de razones que te hacen pensar que tener esa clase de emoción no te llevará a ningún lado, bueno sí, a la depresión. Este libro ha pulverizado todos los récords mundiales al haber vendido alrededor de 35 millones de copias por todo el mundo.
4) “La Buena Suerte” de Álex Rovira.
Álex Rovira es un descubrimiento reciente para mí. Tiene una oratia excepcional que traslada a sus libros. Este libro trata de un cuento mágico. Una metáfora sobre el esfuerzo, la constancia y la capacidad para nunca darse por vencido. Estoy seguro de que te gustará.
5) “Padre Rico, Padre Pobre” de Robert Kiyosaky.
Este es otro de esos libros que cuando lo acabas decides dar un
cambio brusco a tu vida. Es un libro sobre cómo alcanzar la libertad
financiera. Es la base de muchos coachs financieros y estoy seguro de
que cambiará tu perspectiva sobre el dinero.6) “La brújula interior” de Álex Rovira.
Es un libro compuesto por una serie de cartas que un empleado escribe a su jefe y en las que reflexiona sobre el devenir de los acontecimientos más fundamentales en la vida. Sin duda, es un libro que te hará a reflexionar sobre lo que es importante en la vida.
7) “Cuentos para pensar” de Jorge Bucay.
Conjunto de cuentos que ayudan a reflexionar sobre el comportamiento del ser humano y que sirven de metáfora para situaciones cotidianas de la vida.
8) “Trucos y pautas para sentirse mejor” del Dr. Emilio Garrido-Landívar.
El Dr. Emilio Garrido-Landívar es un psicólogo muy famoso en Pamplona, ciudad en la que resido. Tiene un estilo muy directo y transmite una vitalidad muy contagiosa. En este libro da numerosísimos consejos en formato de listas sobre cómo relajarnos, cómo aumentar nuestra calidad de vida,… Una obra muy sencilla de entender y directa a las soluciones que todos necesitamos para nuestros problemas.
9) “El hombre en busca de sentido” de Viktor Frankl.
Este libro es uno de los más poderosos libros de autoayuda pues trata una vivencia real y personal de Viktor Frankl, un hombre que sobrevivió a tres años encerrado en un campo de exterminación nazi mientras veía cómo moría toda su familia.
Un libro dotado de un testimonio poderoso que debería ser de obligada lectura en los colegios e institutos de todo el mundo.
10) “Despertando al Gigante Interior” de Anthony Robbins.
Repite Anthony Robbins. Es un libro muy en la línea con el primero de esta lista. Te enseña a sacar lo mejor de ti mismo para que te autoconvenzas de que TODO lo puedes lograr si te lo propones.
11) “Piense y hágase rico”, de Napoleon Hill.
He querido dejar para el final este libro que fue el origen de todo este boom de la superación personal. Napoleon Hill encapsula 13 principios que están detrás del secreto del éxito. Este libro te transmite la idea de que gracias a tus pensamientos puedes llegar a niveles de éxito que nunca hubieras podido ni imaginar.
“Piense y hágase rico” es la gran obra maestra de todo este género de la literatura del desarrollo personal. Es un libro que te absorbe y ha vendido más de 30 millones de copias en todo el mundo.
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